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OPINIÓN. Vicente Botella Cubells. San Vicente Ferrer, en el mes de marzo de 1412, predicando en Salamanca, se identificó con el ángel del libro del Apocalipsis 14, 6-7. El dato es tan recordado por la tradición, que las palabras “temed a Dios y dadle gloria” forman la leyenda que acompaña prácticamente todas las representaciones artísticas del santo valenciano. La propia liturgia de la fiesta de Sant Vicent utiliza dicho texto como primera lectura de la misa. Creemos que esta circunstancia exige una mínima reflexión que evite simplificaciones y malentendidos. Es lo que vamos a intentar en este breve artículo, que ofrecemos como merecido tributo al dominico valenciano al inicio del Jubileo con motivo de los 600 años de su muerte.

En primer lugar, hay que fijar la atención en la figura del ángel. Un ángel es un mensajero de Dios. Dada la distancia entre el ser humano y su Hacedor, la mediación entre ambos se hace necesaria. Los ángeles, de acuerdo a la Escritura, son los que facilitan la comunicación de Dios a los hombres. En el Nuevo Testamento los hallamos en momentos claves de la inteligibilidad del proyecto de Dios: la Anunciación, la Resurrección (Sepulcro vacío), la Ascensión. Un ángel es un mensajero de Dios. Pero ha de quedar muy claro que, para la fe cristiana, el mensajero de Dios por excelencia es Jesucristo que, además, el único mediador entre Dios y los hombres (verdadero Dios y verdadero hombre). La carta a los Hebreos se encarga de recordarnos que, por eso, Jesucristo supera la acción salvífica de cualquier otro ángel. Si ahora aplicamos estos datos al texto que nos ocupa, comprobaremos que todo encaja. El ángel del Apocalipsis en cuestión tiene una noticia que dar. Es decir, cumple un papel mediador como mensajero de Dios. Siendo esto así, San Vicente, al identificarse con él, no hace sino reivindicar la legitimidad y la autenticidad de su tarea predicadora. La vocación de Vicente Ferrer, como buen hijo de Santo Domingo de Guzmán, es la predicación. En la medida en que nuestro santo siente su tarea evangelizadora como fruto de una llamada del Señor, está actuando como un mensajero autorizado de su palabra. En este sentido, la predicación del santo valenciano tiene mucho de angélica.

En segundo lugar, cabe destacar el contenido del anuncio del ángel. Primero, se hace una presentación descriptiva y genérica del mensaje angélico: se trata de una buena nueva adornada de dos virtudes, la eternidad y la universalidad; es eterna porque expresa la voluntad de Dios (el proyecto de Dios); es universal porque ha de llegar a toda la humanidad sin excepción. A continuación se explicita el mensaje en concreto: “temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su Juicio; adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y los manantiales de agua”. Destaca el hecho de que el contenido del mensaje se presenta como una buena noticia. Y es así. La llegada del Juicio, el final de este mundo y de la historia, es el momento decisivo de cara al destino salvífico del ser humano. En él, Dios, por medio de Jesucristo que regresa glorioso, juzga al mundo y pone a cada uno en su sitio. Este capítulo forma parte de la esperanza cristiana. La escatología lo explica. Estamos, por ende, ante un episodio clave de la historia de la salvación. El ángel con el que se identifica San Vicente es un mensajero de buenas nuevas, del evangelio de la salvación.

Por último, hemos de considerar el hecho de que el ángel con el que se identifica san Vicente es el de la Apocalipsis (en relación al descrito en Ap. 14, 6-7). En efecto, el horizonte de sentido de la figura angélica es su papel en el libro del Apocalipsis. Conviene que prestemos atención. Apocalipsis significa “revelación”. En el período intertestamentario proliferó en el mundo judío una literatura apocalíptica. Esta literatura se caracterizó por explicar lo que iba a ocurrir al término de la historia; es decir, la revelación del fin en el que Dios iba a juzgar a las naciones por medio de su juez mesiánico, dando paso a una resurrección de vida o de muerte. La simbología y el dramatismo escénico acompañan los relatos de este género. Esta literatura está convencida de que el final de este mundo es inminente (esta apocalíptica tuvo su influjo en el cristianismo naciente). De hecho, si recordamos, el ángel del que venimos hablando anuncia la llegada del Juicio. Tal es la buena nueva que desvela. El último libro de la Biblia cristiana transmite la firme convicción del inminente y definitivo triunfo final del plan de Dios sobre este mundo. En relación con esto, hemos de recordar, por ser pertinente, el ambiente sombrío que acompaña la época de san Vicente, presagio para muchos del fin del mundo.

Tras estas consideraciones podríamos recoger nuestro pensamiento: 1) es cierto que sant Vicent se identificó con el ángel del Apocalipsis de 14, 6-7; 2) es plausible que el dominico valenciano hiciera una lectura de su actividad predicadora en clave angélica, dado que el ángel de la identificación es un mensajero, revelador de una buena noticia; 3) la identificación vicentina con el ángel, no solo afecta a la coincidencia con la tarea del anuncio, sino al contenido anunciado, el juicio final; 4) en el contexto vicentino (social, político, económico y eclesial) se vivía una profunda crisis, que, con la expectativa del cambio de siglo, alimentaba el temor del fin del mundo. Este ambiente, sin duda, favoreció que nuestro santo actualizara y personalizara nuestro texto; 5) esto no significa que san Vicente fuera un visionario separado de la realidad; al contrario, manifiesta a las claras su carisma predicador y su capacidad de iluminar desde la buena nueva “los signos y las preocupaciones de su tiempo”.

El Pare Vicent ha pasado a la historia como “el ángel del Apocalipsis”. Una lectura descontextualizada de tal afirmación nos puede confundir. Aclarados los datos que rodean a esta formulación se entiende mucho mejor su alcance y significado. No estamos, pues, ante un fenómeno extraño. San Vicente no era un hombre fuera de la realidad. Era un predicador de su tiempo, capaz de actualizar plausiblemente la palabra de Dios.

 

OPINIÓN. José F. Ballester-Olmos y Anguís. El Muy Ilustre, Virtuoso, Magnífico y Leal Capítulo de Caballeros Jurados de San Vicente Ferrer es una Asociación Privada de Fieles de ámbito diocesano -aunque sus operativas se extienden en otras diócesis españolas y extranjeras- y tiene como cabeza a su Magnific Senyor Prior, cargo que ostentan los Arzobispos de Valencia. Consiguientemente, y dada su estatutaria vinculación subordinante respecto del Arzobispo de Valencia, el Capítulo tiene sobre sí el ejercicio de una general, única y superior tutela por parte de la jerarquía episcopal.

El Capítulo de Caballeros Jurados de San Vicente Ferrer se erigió canónicamente mediante Decreto dado por D. José María García Lahiguera, Arzobispo de Valencia, el día 25 de marzo de 1962 y su acto fundacional tuvo lugar el 18 de abril de 1966 en la Celda de San Vicente Ferrer del antiguo convento de los Dominicos de Valencia.

Su génesis está el movimiento eclesiástico, social y popular que generó en el V Centenario de la canonización de San Vicente Ferrer celebrado en 1955 y que produjo un encendido entusiasmo entre los organizadores de la conmemoración inspirando la idea de crear una institución que, con naturaleza caballeresca, fuera guardia de honor del Patrón de Valencia y de su memoria, velara por su mayor culto, defendiera sus recuerdos tanto materiales como intangibles, y cubriera las carencias que históricamente existían en lo concerniente al fomento de estudios, publicaciones, conferencias y otras actividades culturales encaminadas al mejor y mayor conocimiento de la biografía de fray Vicente, su obra y la preeminencia de su santidad, su labor en los diferentes campos en que operó y el prestigio intelectual de la doctrina y la ortodoxia de la predicación del dominico valenciano, que si fueron eficaces en tiempos de descomposición social y moral, han seguido siendo válidas para todas las épocas.

Y así, juramentados para permanecer firmes en la Fe y fieles a San Vicente, varios intelectuales valencianos, unidos en su común condición de católicos y devotos del Santo, y marcados por el rigor del caballero y la prudencia del erudito, decidieron crear una nueva corporación que cumpliera con aquellos anhelos.

Se estableció un número concreto de Caballeros –setenta como máximo- para la nómina capitular con objeto de dar mayor dignidad e importancia a la condición y calidad de Caballeros Jurados de San Vicente.

Los Caballeros Jurados lo son merced a haber sido recibidos como Caballeros Novicios tras un riguroso examen de su perfil humano, católico, vicentino, social, académico y profesional por parte del Consell de Cavallers y la votación secreta del Capítulo General, y habiendo otorgado un juramento en acto público ante las Sagradas Escrituras, la Cruz y la reliquia “ex ossibus” de San Vicente Ferrer.

La naturaleza caballeresca del Capítulo de Caballeros Jurados de San Vicente Ferrer se explica y justifica porque sus miembros, en virtud de la notoriedad y categoría civil y eclesial de la Institución, el Fons Honorum que le otorga su ilustre y noble ejecutoria, y por la histórica calidad de sus miembros, que pueden definirse como gentilhombres católicos animados por una altruista nobleza de espíritu y de comportamiento. El carácter caballeresco del Capítulo tiene en la actualidad una gran vigencia moral, porque denota el espíritu de servicio, de abnegación y de disciplina que anima a los Caballeros Jurados desde los momentos fundacionales de la Institución. La acción caballeresca, antaño asociada a la espada, requiere hoy instrumentos pacíficos en el testimonio y la defensa de la Fe católica, y en la lucha contra la marginación, la injusticia, la intolerancia y la miseria. En virtud de este principio, el servicio caballeresco del Capítulo está dirigido al servicio de la Iglesia y de la memoria de San Vicente Ferrer, proyectando su acción sobre los distintos ámbitos sociales.

Su fin principal es la promoción del estudio, la investigación y la divulgación de la vida y obra del santo dominico y la defensa y conservación de los elementos, reliquias y monumentos que contribuyan a la memoria y veneración del Patrón de la Ciudad de Valencia, la Comunidad Valenciana y la Archidiócesis de Valencia, y asimismo colaborar en obras sociales preferentemente asociadas al Santo.

Desde su fundación el Capítulo de Caballeros Jurados viene realizando una destacable labor cultural e investigadora y desde 1993 ha desarrollado, como principal abanderado, una importante labor en pro de la concesión del Doctorado de la Iglesia Universal a San Vicente Ferrer.

El Capítulo de Caballeros Jurados de San Vicente Ferrer posee una histórica, intensa y fructífera vinculación con la catedral de Valencia, formalizada en diferentes ocasiones con motivo de importantes hitos, como son el depósito del brazo de San Vicente Mártir en la catedral, las sucesivas mejoras en la capilla de San Vicente Ferrer, que pasó a ser concedida como Capilla Capitular y se asignó a la Institución su custodia. El Capítulo viene dedicando especiales esfuerzos coadyuvantes a la conservación del patrimonio vicentino de la catedral y en este sentido se pueden citar las aportaciones para el púlpito gótico, la consecución de fondos para la restauración de los sermonarios de San Vicente Ferrer y de su biblia, etc.

 

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